"Hoy "metí" una de las tres materias que me quedaban colgadas. Ya estoy en 8º", se relame Facundo, mientras se acomoda la mochila de marca, en la peatonal Muñecas. Facundo, de 12 años, es uno de los miembros de la generación "tween", aquella que más ha puesto en jaque a un sistema educativo que hasta hace unos años accionaba monolíticamente en función de "niños", "adolescentes" y "jóvenes". En términos demográficos, los "tween" tienen entre 9 y 13 años, no son niños ni adultos, pero consumen como tales; y esos nuevos modos de apropiarse del mundo - y de reclamarlo- se hacen sentir en la escuela: es por eso que, al margen de que todo el sistema educativo está "en capilla", a la hora de medir el llamado "fracaso escolar", la mayor carga está en el grupo de los alumnos del primer ciclo del secundario: de aquellos que no son ni niños, ni adolescentes, ni jóvenes, pero que transitan como en una nebulosa por ese combo.

Esta semana se habilitaron turnos de exámenes especiales; en las mesas hubo alumnos que gastaron su última oportunidad de pasar de curso; o casi egresados que deben culminar el secundario para poder ingresar a la Universidad. Sobre una matrícula de 40.000 alumnos secundarios, más de la cuarta parte se llevó por lo menos alguna asignatura; sin resultados definitivos, un primer "paneo" sobre los colegios de población masiva acerca algunas claves: directivos aseguran que ha habido un fuerte ausentismo; que los alumnos, en general, "no se han esforzado"; y que han desaprovechado las clases de consultas que les vinieron ofreciendo los profesores desde enero. Como escenario de fondo de esa coyuntura educativa aparece la discusión acerca del "fin de la cultura del mérito" y su aparente reemplazo por el "hacer aprobar a toda costa". En ese punto se cruzan perspectivas e intereses; desde el Estado (Provincial y nacional) se enfatiza que la repitencia no sirve; que el chico que repite no aprende más; y que es posible conciliar inclusión con calidad educativa. Desde otros ámbitos de la comunidad, surge, insistente, la condena al facilismo, al mero objetivo de zafar en el tránsito por la escuela.

Pero el lamento viaja allende las fronteras; la discusión acerca del fracaso de la vieja escuela se hace sentir en Chile, en España, en Francia (vale la pena ver "Entre los muros", una película imperdible de Laurent Cantet acerca del sistema educativo en la Francia multiétnica contemporánea). Y el mapa se extiende; aun cuando haya quienes se empecinen en exhibir cual trofeo los "buenos" resultados educativos de los chicos de China y de Singapur, que son educados bajo una pedagogía del rigor que en casos llega a la violencia física y hasta al suicidio por no poder satisfacer las expectativas de sus mayores.

En los casos parecidos al argentino, una respuesta que atraviesa el debate público es que hoy la institución escolar no les acerca a los estudiantes ni las respuestas ni las herramientas adecuadas para moverse en este mundo cambiante, en el que el diploma no garantiza el acceso a la clase media, como sí supo ocurrirles a sus mayores en el siglo pasado.

Una constante en los estudios de sociologìa de la educación es que la actitud de los padres incide en la valoración que el chico hace de la escuela. Esta semana, una directora aseguró que hubo que hacerlos firmar actas de compromiso a los padres para que enviaran a sus hijos a las clases de consulta; aun así, los chicos no fueron. Prueba de que no sólo el sistema educativo es el rey que está desnudo. Pero, al parecer, hasta ahora es el único que ha tomado nota de tal desnudez.